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EL PRECIO DE LA CODICIA, FRANCISCO GALVÁN

Sinopsis

En el 2008, el grupo autodenominado Harvesters, integrado por algunos de los más importantes financieros y especuladores del planeta, puso en práctica un plan que había urdido en secreto durante más de una década para destruir la economía mundial. Su objetivo era enriquecerse y abaratar el sistema capitalista, que se hacía insostenible. Sin embargo la codicia los llevó al desastre y a algunos de ellos, a la muerte.

Dos años después, Jürgen Toepfler, un antiguo miembro de la temida Stasi, la policia política de la desaparecida RDA, que cumple condena en una prisión de Uganda por actividades mercenarias, es liberado con un oscuro objetivo: liquidar a los harvesters supervivientes.

En este vertiginosos thriller, que nos transporta de Berlín a Seúl, pasando por Nueva York, Paris, Londres o Amsterdam, Francisco Galván nos desvela las claves ocultas que provocaron la crisis económica más catastrófica del último siglo, y pone al descubierto los métodos empleados por los especuladores internacionales para saquear la sociedad del bienestar y los recursos naturales de los países del Tercer Mundo.

Reseña

“El Precio de la Codicia” es una novela valiente esencial para entender el qué, el cómo y el por qué ha pasado esto de la crisis financiera internacional. Para la mayor parte de la gente las crisis económicas son como las tormentas, fenómenos de la naturaleza de la economía que vienen y se van tan rápido como han llegado. Sin embargo no es así, al menos no siempre es así. A veces, como Francisco Galván propone, son artificiales y, como todo lo creado por el ser humano, tienen un propósito, en este caso satisfacer la avaricia de un puñado de peces gordos en detrimento del resto de la humanidad.

Francisco Galván, periodista de la Agencia EFE, nos muestra, en esta historia, una aproximación de cómo ha podido generarse la crisis económica financiera internacional de 2008, por capricho de unos pocos, con el objetivo de destruir a la clase media para convertirla en una clase de trabajadores pobres. Es lo que está ocurriendo y es innegable. Sin embargo él lo cuenta sin demasiadas complicaciones, sin que sea necesario haber estudiado economía para comprenderle, de tal forma que esta es una novela negra con intención de protesta apta para todos los públicos.

Tengo que decir que no soy fiel seguidor de la novela negra, no me atrae especialmente, sin embargo compré esta novela y estoy ahora haciendo esta reseña, porque el tema me interesaba mucho y finalmente me ha dejado buen sabor de boca.

La historia comienza con las muertes violentas de algunos de los harvesters y podemos entonces ver cómo, quienes están detrás de los asesinatos, tienen todo atado: las investigaciones policiales, los medios de comunicación… de tal forma que los asesinatos se convierten en muertes fortuitas para la opinión pública, y es que esta es también una historia de conspiraciones en la que habrá poderes políticos, económicos e incluso religiosos implicados. Lo cierto es que pone los pelos de punta. Más adelante es liberado, mediante un soborno en una cárcel de Uganda, un antiguo miembro de la Stasi que huyó de la República Democrática Alemana tras la caída del muro de Berlín. Desde entonces estuvo en el Congo como guerrillero mercenario hasta que que fue atrapado y hecho preso. Además Jürgen Toepfer, nuestro protagonista, contrajo la malaria en la cárcel, enfermedad que no tiene cura. Pues bien, quienes lo liberan le ofrecen no solo la libertad mediante varias identidades falsas, sino también un buen montón de dinero y una cura para la malaria a cambio de matar a los harvesters que quedan. Quién está detrás de estos asesinatos es un misterio que se descubrirá al final, como en toda novela negra. Y como en toda buena novela negra yo esperaba otro final diferente, por lo que puedo decir que es un trabajo bien hecho.

Además encontraremos en esta novela una historia de amor, giros argumentales inesperados, algún que otro depravado, mucha violencia y mucha sangre.

Recomiendo su lectura más por el desarrollo que por el final, ya que, al contrario que en cualquier novela negra, lo interesante no es cómo termina sino qué nos cuenta. Es una novela para abrirnos los ojos acerca de los tejemanejes que los grandes capitalistas usan para arruinarnos a todos en su beneficio.

Puedes comprarla aquí.

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EL ARQUERO DE LAS NUEVE ESTRELLAS | CAPÍTULO 8

Capítulo 8 Víctor Guillamón | EL ARQUERO DE LAS NUEVE ESTRELLAS

Capítulo 8 Víctor Guillamón | EL ARQUERO DE LAS NUEVE ESTRELLASDe cómo Fenrir volvió a entrar en el bosque

Os dejo un extracto del capítulo 8 de mi primera novela, “El Arquero de las Nueve Estrellas”. Son nueve páginas que hablan de la entrada de Fenrir, un humano, en el bosque Primigenio para visitar a los elfos ancestrales y pedirles su ayuda. Para ello tendrá que atravesar las montañas y superar una serie de pruebas.

Pincha aquí para visitar el primer capítulo.

Y para leer un extracto del capítulo cuarto aquí.

 Pruebas para el visitante amigo

Casi habían pasado diez años desde que Fenrir había estado en el bosque Primigenio, y él había cambiado mucho desde entonces. Seguía vistiendo ropas de un azul grisáceo porque ese era el color del escudo de su familia, pero la violencia y la cerveza lo habían envejecido. Su pelo se había vuelto canoso y llevaba un extraño parche ovalado, de cuero marrón, sobre su ojo izquierdo, tapando en parte las horribles cicatrices. Extraño porque los cordones eran demasiado largos y los ataba pasando por debajo de la oreja izquierda y por encima de la ceja derecha. Llevaba un gran sombrero emplumado que suavizaba su fiero rostro y le daba un ligero toque aristocrático, le servía además para no parecer un bandido despiadado que vivía por y para las armas, aunque esa era una definición precisa de su persona a excepción de la palabra bandido.

En viajes como ese siempre llevaba la armadura completa, por si acaso, a excepción del yelmo, que ataba a la montura. Usaba cota de malla hasta las piernas, perneras, brazales y pectoral con el emblema de su familia. Cruzada al pecho, llevaba una larga cuerda de cuero que daba varias vueltas, pasando por hombros y axilas. Atadas a la montura portaba armas, víveres, dos estuches con dardos de ballesta —unos grandes y otros pequeños— y un par de mantas.

Tuvo algunas dificultades para encontrar el camino. Reconocía la silueta de las montañas, pero recordaba que este comenzaba después de una ladera pedregosa y había que avanzar campo a través durante varios kilómetros desde el sendero que partía de Lurn. Finalmente decidió subir lo más alto posible, hasta que divisó la catarata tras la que comenzaba el camino que buscaba. No había sido tan difícil, cuando ya se había entrado y salido del bosque se podía volver a encontrar, pero encontrarlo sin haber entrado antes acompañado de un elfo era prácticamente imposible. Nadie podría imaginar que tras la catarata, siguiendo por la repisa del lado sur, había una cueva que daba a un camino secreto, pero así era. Fenrir cruzó el arroyo que surgía de la caída de agua y desmontó para continuar. Tiró de las riendas de Barkran, su caballo, que no parecía muy contento con la idea de pasar bajo la cortina de agua. Su amo le mostró el camino lateral, por el que se mojaría menos, pero aun así, el caballo era reacio a continuar. Fenrir tuvo que tirar de él con fuerza, hasta que al final consiguió que lo siguiera. Una vez dentro, la cueva era oscura pero se divisaba luz al final, lo que tranquilizó al asustadizo animal. La gruta no era más que un empinado túnel, de unos escasos treinta metros, excavado por los elfos para mantener el camino en secreto. Del techo caían gotas de agua que se filtraban del río que pasaba por encima y fluían por el suelo para encontrarse nuevamente con el arroyo, un poco más abajo. Una vez hubieron salido de la cueva, encontraron el sendero por el que podrían volver a entrar siendo ya considerados amigos del bosque.

El deshielo había comenzado y empezaban a brotar preciosas flores de colores, pero aún quedaba nieve para varios meses. Cuanto más ascendía, más frío y blanco se volvía el paisaje. Tenían que pasar un mínimo de dos noches antes de llegar al bosque, y Fenrir sabía cómo hacerlo, cómo enfrentar la noche en las montañas Blancas.

En principio el camino estaba libre de nieve, lo que le permitía cabalgar más o menos rápidamente. Recordaba haberse refugiado en una cueva la vez anterior, así que la buscó. La encontró a media tarde, y podía haber continuado, pero decidió no moverse de aquel lugar. Recordaba los peligros de no encontrar un refugio seguro en medio del camino. Esperó a pasar la noche y se decidió a continuar temprano al día siguiente, antes de que saliera el sol.

La cueva no era más que un socavón en la roca, pero era suficiente para el caballo y él. Había una pila de leña seca que no parecía cortada, sino más bien recogida del suelo, y restos de una fogata de algunas semanas atrás. En la pared de la cueva se podía apreciar una inscripción en élfico que Fenrir acarició con los dedos, recordando la última vez que la había visto. Glorlwin le había dicho que significaba: «Camino Amigo». Entrando desde esta ruta no se consideraría a nadie un intruso, sino un invitado. Aun así, tendría que pasar una serie de pruebas que le harían digno de la confianza de las criaturas del bosque.

Encendió el fuego con un yesquero que siempre llevaba encima cuando salía de viaje. El artilugio consistía en un grueso alambre retorcido en forma de uve con una piedra de mechero en un extremo y un raspador metálico con una cuerda impregnada en pólvora en el otro. Al apretar con la mano, se frotaba la piedra con el raspador y brotaban chispas que prendían la cuerda, con la que se encendía el fuego. De esta manera, hombre y animal, pasaron la noche en caliente a pesar del frío que hacía fuera.

A la mañana siguiente salió de la cueva y cruzó la parte más árida de las montañas. Todo el paisaje era blanco y frío, a excepción del camino, que parecía haber sido limpiado hacía poco. El viento azotaba con fuerza y se había levantado un sol que no calentaba en absoluto, pero se hincaba en los ojos, reflejado en la nieve, e irritaba la vista con intención de molestar. A veces el sol se comportaba como lo haría un niño que se aburre y no tiene otra forma de pasar el rato que maltratar a las criaturas que habitan el suelo. «Ahora sé por qué las llaman montañas Blancas —pensó Fenrir—. Preferiría caminar bajo una tormenta de nieve; haría menos frío y el sol sería menos agresivo.»

Estuvo todo el día avanzando sobre su caballo sin encontrar refugio alguno. Se temía lo peor y no quiso detener el ritmo hasta que encontrara algún lugar donde resguardarse. Pasó rápidamente por el mismo lugar por el que había tenido una mala experiencia hacía casi diez años, cuando el alud lo había sepultado. Tenía suerte de estar vivo y no quiso detenerse allí ni un segundo. Finalmente, cuando estaba anocheciendo, le pareció ver, a unos cuantos metros del camino, una estructura triangular hecha de nieve. Se acercó y, efectivamente, era un refugio. Estaba teniendo una suerte increíble. Consistía en un poste de madera clavado entre las rocas y tres más atados a este y apoyados sobre el suelo. Un montón de ramas de pino habían sido atadas sobre los postes no con demasiado esmero. La nieve se había ido depositando encima, completando el refugio. El suelo consistía en una tarima de madera capaz de aguantar el peso del caballo. En la entrada había una losa de roca plana, posiblemente pizarra, sobre la que se podía encender fuego. Al menos eso indicaban los restos de ceniza que se veían sobre ella. También había leña seca al fondo. Al calentarse la piedra, podían pasar toda la noche calientes, aun cuando se apagase la hoguera, ya que el calor que desprendía la roca ascendía y formaba una barrera que el aire frío no podía atravesar. Una noche más podía sentirse agradecido de la previsión de los elfos, que al parecer usaban a menudo ese camino y traían leña del bosque para quien pudiera necesitarla. En aquel paisaje de alta montaña no se divisaba ni un solo árbol en kilómetros a la redonda. El que hubiese traído esa leña debió de hacerlo trasportándola desde más abajo, cargado con ella durante al menos quince kilómetros. Además, el camino estaba completamente libre de nieve, lo cual significaba que, a pesar de ser los elfos ancestrales del bosque Primigenio una tribu salvaje, poco evolucionada y anclada en la prehistoria, estaban bien organizados.

La mañana del tercer día pudo ver el bosque desde arriba mientras avanzaba. Un montón de águilas o halcones enormes volaban desde todas partes hacia un punto en el que se apreciaba un temblor extraño de árboles, como un viento que los zarandeaba solo en aquel lugar, como si algún gigante que el extranjero humano no acertaba a distinguir los estuviera empujando o agitando. Fenrir sabía que los elfos utilizaban a los halcones y águilas gigantes para desplazarse rápidamente sobre el bosque cuando había alerta, así que intuyó que algo grave estaba pasando en aquella zona.

A mediodía ya había descendido lo suficiente como para pensar que había cruzado la frontera. Se encontraba en el embrujado bosque Primigenio, en cuyo interior se hallaban los secretos de la magia y la puerta del Equinoccio, por la que un día habían llegado a Earquia todas las criaturas mágicas. Solo era cuestión de tiempo encontrarse con los guardias, con una flecha silbándole tras la oreja o algo similar, porque en realidad no tenía ni idea de en qué consistían las pruebas que debía superar.

El bosque comenzó a hacerse tan espeso que fue mejor bajar del caballo y guiarlo de las riendas. En ocasiones, su montura se asustaba e intentaba huir, y Fenrir tenía que calmarla. La luz apenas se filtraba hasta el suelo del bosque, y el camino había desaparecido. Era muy difícil orientarse; de hecho, el único rumbo que podía seguir era el contrario a aquel donde se encontraban los arbustos de espino negro y coscoja, para evitar al caballo las espinas. Al menos los cantos de los pájaros hacían compañía y rebajaban la tensión, o eso pensaba él hasta que de pronto todo quedó en silencio. En ese momento Fenrir se detuvo, petrificado. El ritmo cardíaco se le aceleró, y comenzó a mirar en todas direcciones, apretando los dientes. Nada se oía excepto la respiración de Barkran. No se oía ni un aleteo, ni un canturreo más. Todos los pajarillos se habían quedado en silencio e inmóviles y miraban en la misma dirección. Una rama crujió, y algo agitó la maleza. El humano soltó las riendas de su montura y se puso en guardia, desenvainando la espada larga que llevaba al cinto. No vio nada en unos segundos que se hicieron eternos, hasta que desde detrás de un arbusto apareció un gnomo canturreando algo en una lengua extraña. Parecía muy ocupado siguiendo su camino, así que ignoró por completo a Fenrir, que guardó la espada y se tranquilizó; era la primera vez que veía un gnomo, pero no parecía una criatura demasiado amenazadora. Se trataba de un pequeño anciano de barba y pelo blancos que apenas superaba la altura de la rodilla de un hombre. Tenía la cara arrugada y la nariz gruesa, orejas puntiagudas enormes y un sombrero cónico y rojo que sin duda llevaba para aparentar ser más alto. Andaba descalzo y vestía un pantalón grueso de color marrón con una camisa blanca sobre la que llevaba un poncho que se ataba a la cintura con un cinturón ancho.

Fenrir se dirigió a él rápidamente, al darse cuenta de que se iría sin siquiera saludar.

¡Perdone, amigo!

Está usted perdonado, señor desconocido. ¿Puedo saber qué mal me ha hecho?

Ninguno, solo quería hablar con usted.

Entonces no está usted perdonado. Hable.

De acuerdo… —respondió, algo descolocado—. Estoy buscando a un elfo llamado Glorlwin. ¿Lo conoce?

Lo conozco.

¿Podría usted indicarme el camino que debo seguir para encontrarlo?

Podría, pero no lo voy a hacer.

¿Por qué no?

En este momento no me apetece, estoy muy ocupado.

Pero solo tendría que indicarme la dirección.

De acuerdo. Es por allí. Adiós —dijo, señalando la salida del bosque.

¡No! ¡Espere! No es por allí. De ahí es de donde yo vengo.

¿No se da cuenta de que solo es una excusa para no contestarle? Ahí es adonde tiene que ir con esa actitud.

¿Qué actitud? ¿No tengo ninguna mala actitud?

¿Ah, no?

No.

Es evidente que viene usted para matarlo. ¿Pretende que yo le diga dónde vive mi amigo para ser el responsable de su asesinato?

Se equivoca conmigo, se lo aseguro. No vengo para matarlo, soy su hermano de sangre, ya le salvé la vida una vez. Vengo a solicitar su ayuda. Mis intenciones son pacíficas —dijo apresuradamente.

El gnomo afiló sus ojos.

Y si tus intenciones son pacíficas, ¿por qué traes tantas armas contigo?

Son para defenderme.

¿Para defenderte de quién? Creía que traías intenciones pacíficas.

El gnomo lo había llevado a su terreno.

De los peligros del camino, del bosque…

No hay peligros en este bosque si vienes con buenas intenciones.

Fenrir se detuvo un momento a pensar. Quizás esta podía ser la primera prueba, tenía que tener cuidado con sus palabras y demostrar que era alguien en quién los habitantes del bosque podían confiar.

¿Qué podría hacer para demostrar que mis intenciones son pacíficas y que soy digno de vuestra confianza?

Está bien —dijo el gnomo, llevándose el puño a la boca para morderse el nudillo del dedo índice, pensativo. Después de un instante continuó—: Se me ocurre algo. —Sacó un pañuelo de cuadros blancos y rojos de su bolsillo, lo sacudió para desdoblarlo y lo extendió sobre el suelo. Resultó ser tan grande como un mantel de picnic; sin embargo, lo guardaba en el bolsillo como si fuera un minúsculo pañuelo corriente—. Pon todas tus armas aquí encima, yo te las guardaré.

Son muy caras.

¿Cómo?

Que valen mucho dinero.

No entiendo, ¿qué quieres decir?

Entonces Fenrir cayó en la cuenta de que en aquel país no existía el dinero. La vida en el bosque Primigenio funcionaba de otra manera, el gnomo posiblemente no entendía ese concepto. En aquel lugar existía el intercambio solidario de trabajo por bienes, o de un bien por otro, e incluso el de un bien o un trabajo por nada, lo cual era prácticamente impensable para un humano, pero no existía la moneda como tal.

Quiero decir que cuesta mucho trabajo fabricarlas… —intentó explicarse de forma que el gnomo pudiera entenderle—, y que tienen un gran valor sentimental.

¿Sentimental…? Comprendo. Has matado a alguien muy querido con ellas, ¿verdad que sí?

¡No! ¡Por todos los dioses! ¡No! En absoluto, no mato a mis seres queridos. Quiero decir que son un regalo, una herencia de familia.

Curiosa herencia, curiosa familia —afirmó el gnomo, asqueado, mientras asentía con la cabeza—. Está bien. No te preocupes. Te las devolveré cuando salgas del bosque. Lo prometo.

El templario, cuya vida giraba en torno a las armas, dudó un momento, pero enseguida comprendió que no tenía alternativa, así que comenzó a dejar sobre aquel mantel de picnic, una a una, todas las armas, que no eran pocas; se desató el cinto con la espada larga, descolgó el martillo de guerra de su espalda, y también el escudo triangular de formas ligeramente redondeadas, se desató el cinturón con las dos pesadas pistolas de gruesa madera y delgado cañón, y dejó también las veinte balas y la bolsa de pólvora. De la montura del caballo sacó la espada corta, la maza, una ballesta y una pistola ballesta. También dejó veinte dardos para cada una.

Ya está todo.

Creo haber dicho todas tus armas.

Fenrir agachó la cabeza, humillado tras haber sido descubierto, y sacó la navaja que escondía en la bota. Miró al gnomo, esperando su aprobación, y halló en él justo lo contrario, una mirada severa que acompañaba perfectamente cruzando los brazos y golpeando el suelo, levantando y bajando la punta del pie derecho. Supuso que se refería al cuchillo que guardaba en el guantelete izquierdo, así que también lo sacó. Se levantó y se puso firme, mirando al frente, quizá porque esa situación le recordaba a su instrucción militar. Todo tenía que estar en perfectas condiciones para el sargento.

No tengo todo el día —aseguró el gnomo.

Con un gruñido, arrancó de su sombrero una de las plumas, que era falsa. En realidad se trataba de un punzón metálico de cuarenta centímetros de longitud al que se le había pegado, a ambos lados, las alas de una gran pluma de pavo real. Era fino y muy afilado, podía colarse por una cota de malla atravesando el pecho de cualquier enemigo. Afortunadamente para ellos, nunca había sido usado.

Qué ingenioso —comentó el gnomo con asombro—. ¿Algo más?

¡De acuerdo! Sí, solo una más, ¡maldita sea! —contestó Fenrir con un enfado más que evidente.

Se desató el parche del ojo y lo dejó con las demás armas. Al descubierto quedó el horrible ojo izquierdo, partido en dos por una cicatriz, que además había perdido su forma ovalada y la había cambiado por dos bultos, uno a cada lado. Después sacó de un pliegue en la parte interna del sombrero seis piedrecitas redondeadas de río. Lo que usaba como parche para tapar su desagradable ojo izquierdo era en realidad una honda, y podía usarla para disparar esas piedras.

Jamás lo habría imaginado —aseguró el gnomo.

Entonces, ¿como sabías que aún tenía armas?

No lo sabía. No lo he sabido en ningún momento. Si aún llevas alguna será peor para ti.

Entonces aquel bárbaro pensó que no empezaría con buen pie si tomaba el pelo a sus anfitriones. Se desató la cuerda de cuero que llevaba al pecho, la pasó por debajo del brazo izquierdo e hizo un par de movimientos rápidos para terminar de desligarla de la armadura. La agitó para dejar claro que era un látigo y la depositó sobre el montón de chatarra que había formado. Levantó una ceja y esbozó una media sonrisa que decía: «tenía que intentarlo».

Qué pena das —afirmó el gnomo. Para él la gente que iba armada lo hacía por miedo, y el miedo daba pena—. ¿Alguna más? —quiso saber.

Entonces Fenrir levantó el labio superior por el lado derecho, en un gesto lobuno, y mostró los largos colmillos que Fiorg el Blanco le había dejado como herencia genética hacía más de cinco mil años.

Esos puedes quedártelos, he olvidado el sacamuelas —le dijo el gnomo con intención de tranquilizarlo.

Fenrir levantó las cejas y abrió su ojo derecho, sintiéndose afortunado por el despiste de aquel pequeño individuo.

¿Y ahora qué? ¿Me dirás dónde vive Glorlwin?

No, aún no hemos terminado.

Ya no me quedan armas.

¿Y qué me dices de la armadura?

No es un arma, solo la llevo por protección.

¿Quiere eso decir que desconfías de nosotros?

¡Está bien! ¡De acuerdo! ¡Llévate también la maldita armadura! —Fenrir ya estaba claramente malhumorado, sin embargo, el gnomo tenía una sonrisa de oreja a oreja, literalmente, porque su boca era enorme. Estaba disfrutando mucho haciendo rabiar al forastero.

Poco a poco, cada pieza de la armadura fue siendo depositada sobre el mantel; primero las perneras, que el templario desató con enfado, luego los brazaletes y la coraza, seguida de la cofia y la cota de malla, que le llegaba hasta la mitad del muslo y que se quitó no sin esfuerzo, después los pantalones de cota de malla. Entonces cogió el yelmo, que estaba atado a la montura y coronado por la figura de un licántropo que corría a cuatro patas, y lo depositó con violencia sobre el montón de acero que había formado. Todo excepto el gambesón azul grisáceo, esa chaqueta acolchada que se vestía bajo la cota de malla para evitar que se engancharan las anillas con el vello y que suavizaba los golpes recibidos. El gnomo consideró que era una prenda más de ropa y que podía quedárselo para mitigar el frío.

¿Y ahora qué piensas hacer con todo esto? ¿Quién guardará mis pertenencias?

Yo lo haré.

¿Cómo vas a hacerlo? ¿No vas a moverte de aquí hasta que yo vuelva?

¡Ah, no! Nada de eso, me las llevo conmigo.

¡Ja, ja, ja! Eso me gustaría verlo.

El gnomo no parecía ofenderse por las burlas del humano, más bien lo ignoraba y seguía con su tarea.

¿Puedes pasarme esa esquinita del mantel?

Sí, claro, por supuesto. —Añadió una carcajada—. ¿Quieres que te ayude a llevar el paquete a alguna parte? —preguntó en tono jocoso, mientras le acercaba la punta del mantel.

No gracias, no hace falta.

Primero lo cubrió todo formando un triangulo con el trapo de cuadros.

¿Puedes pasarme ahora esa otra esquina?

Faltaría más. —Fenrir seguía burlándose; sin embargo, el gnomo doblaba el mantel en triángulos cada vez más pequeños con un ruido terrible de chatarra.

El guerrero desarmado dejó de reírse. No se explicaba cómo aquel ser tan pequeño podía mover toda esa masa metálica.

¿No pesa demasiado para ti?

No. Soy mucho más fuerte que tú.

Finalmente, el paquete fue tan pequeño que el hombrecillo pudo volver a guardar el pañuelo en su bolsillo.

¡Au! Me he pinchado un dedo con algo —refunfuñó, sacando la mano del bolsillo y llevándose el dedo índice a la boca.

Fenrir se había quedado boquiabierto; tanto, que la barbilla casi tocaba el suelo.

Pero ¿cómo…?

Pues supongo que habrás dejado algún cuchillo o espada sin envainar —dijo, metiéndose el dedo en la boca—. No te preocupes, no pasa nada.

No, no, quiero decir que ¿cómo lo has hecho?

El gnomo entrecerró los ojos al darse cuenta que el extranjero no se estaba preocupando por su salud. Respiró profundo y contestó:

Lo he hecho doblando el pañuelo y metiéndomelo en el bolsillo.

Pero ¿cómo has conseguido que mis armas sean hagan pequeñas?

No se han hecho pequeñas. Lo que ocurre es que yo soy siete veces más grande que tú.

El bárbaro guardó silencio y desvió la vista lentamente hacia arriba, abriendo bien su único ojo, y también su boca, para hacerse a la idea de dónde estaba realmente el rostro de aquel ser minúsculo que decía ser un gigante. Después de un par de segundos no vio nada nuevo, así que volvió a mirar hacia abajo. El gnomo ya no estaba.

¡Eh! ¿Dónde has ido? No me has dicho dónde puedo encontrar a Glorlwin.

Nunca dije que lo haría —dijo una voz desde alguna parte—. ¡Ja, ja, ja! Cuanto más grande, más tonto, miraba hacia arriba como un imbécil… ¡Ja, ja, ja! —se decía a sí mismo.

De repente regresaron los cantos de los pájaros, que sonaron como cientos de pequeñas carcajadas. Fenrir apretó los dientes y agachó la cabeza. Había sido engañado. Creyó recordar que Glorlwin le había dicho hacía diez años que si quería entrar en el bosque debía hacerlo desarmado, así que no dudó que acababa de pasar la primera prueba. También se le había indicado que no podía maltratar ni agredir a ninguna criatura propia del bosque, a menos que fuera en defensa propia.

[…]

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RESEÑA CENITAL, EMILIO BUESO

Reseña de Cenital de Emilio Bueso por Víctor Guillamón

Sinopsis

Reseña de Cenital de Emilio Bueso por Víctor Guillamón

«La mano invisible te ha robado la cartera y el futuro, y no se detendrá cuando algunos gobernantes dimitan. Esto no se arregla con unos años de ajuste ni inyectando capitales ni nacionalizando bancos. Esto no se va a quedar en los aeropuertos sin aviones, los trenes de alta velocidad sin pasajeros, la gente sin pisos y los pisos sin gente. Esto sólo acabará cuando un silencio sepulcral se enseñoree de todas las grandes ciudades, cuando el apagón se vuelva permanente y las bicicletas se desplieguen por las autopistas de peaje. Para entonces habrán muerto millones de personas.»

Convencido de que la actual crisis económica es resultado del agotamiento del petróleo, un colectivo antisistema se reúne en torno a un líder profético para enfrentarse al colapso de la sociedad y así sobrevivir. Cenital cuenta la historia de una eco-aldea fortificada que se parapeta contra un mundo en el que las mascotas devienen comida y el progreso es sólo el antepasado de la destrucción, la ruina y la barbarie.

Reseña

Esta es la primera obra de Emilio Bueso que he leído pero he de decir que no será la última. Tuve noticia de su existencia a través de la radio del coche de uno de mis mejores amigos. Estábamos, de hecho, echando gasolina cuando lo empezamos a oír hablar de lo que ya pensábamos desde hacía tiempo. ¿Qué pasaría si el petróleo se agotase y no existiera alternativa energética a esa crisis de recursos naturales? Nos impresionó la cantidad de datos que manejaba este hombre acerca de la dependencia que aún tenemos del petróleo. A los pocos días compré y leí la novela.

A mi juicio es merecido el premio Celsius que ganó en 2013 tanto por lo qué cuenta, como por el cómo lo cuenta. En la novela se entrelazan varias historias de forma no lineal con la historia principal que sí que es lineal aunque contada a trompicones con las otras historias del pasado de los personajes y las entradas de blog del protagonista. Pero vamos por partes:

¿De qué trata Cenital?

Cenital es la historia de una comunidad con personajes muy variopintos que intentan sobrevivir en un escenario de crisis energética mundial. Esto significa que por falta de petróleo no es posible el transporte de mercancías ni agua a las grandes ciudades, razón por la cual esta comunidad se atrinchera en un pedazo de tierra, surcado por un pequeño arroyo y aislado en las montañas donde cultivan y cazan su propio alimento. La historia principal comienza con una pareja que llega en coche a la comunidad, con medicamentos y otras cosas para intercambiar, después de haber estado refugiados en un búnker durante algún tiempo. Entrelazada con esta historia están las entradas en el blog de Destral, el protagonista, quien fundó la comunidad haciendo un llamamiento desde el blog. Además están intercalados los capítulos dedicados al pasado de los personajes. No se trata de una comunidad hippie, aunque hay personajes que sí encajarían en esa definición, sino de un grupo de supervivientes con orígenes muy distintos.

¿Por qué deberías leer Cenital?

Más allá del disfrute literario, o del buen rato que puedas pasar leyendo esta historia post-apocaliptica, está el tema de la información, que no nos llega, en cuanto a este tema, más que como meras fluctuaciones del precio de la gasolina, eso es todo lo que sabemos. No creo que el futuro sea como lo pinta Bueso en su novela, ni en tan poco tiempo, pero sí que podría ocurrir una crisis económica más importante que la de 2008 si, por el interés económico del lobby energético, no hacemos una transición, en pocos años, a un modelo más sostenible de abastecimiento de energía. No es un problema de red eléctrica simplemente, sino que todos los medios de transporte tendrían que fabricarse de novo para hacerlos eléctricos, y en el caso del barco y el avión es poco probable que puedan funcionar con una energía que no sea la del petróleo, ya que en forma líquida es fácilmente almacenable y relativamente ligero en comparación con las baterías actuales. Afortunadamente ya se está sintetizando petróleo de novo gracias a algas microscópicas que además recogen más CO2 de la atmósfera, al sintetizarlo, del que emite al ser quemado el petróleo azul, como se ha llamado a esta fuente de energía renovable.

¿Qué hay de los personajes?

Esta es, sinceramente, la parte de la novela que más me ha gustado. Cómo en un capítulo se introduce un personaje y entiendes en la trama principal por qué se comporta de la manera que se comporta. Además esto hace que Destral no sea un protagonista todo poderoso sino que la historia sea más o menos coral. Por lo general los personajes de la comunidad están bastante traumatizados por lo que han vivido, como es normal en ese caos que se genera cuando se agota el petróleo.

Valoración final:

En general esta novela me ha entusiasmado, también en parte porque es lo que iba buscando y lo que quería oír en ese momento, y porque me gustan las historias post-apocalípticas. De cualquier forma la novela está muy bien narrada y la forma de contar la historia es espectacular. De las pocas historias que me han enganchado desde la primera a la última página. Sin embargo le falta texto. Me hubiera gustado que fuese más larga o que tuviera continuación, algo así como una saga. Creo que le faltan al menos una precuela y una secuela. Me ha dejado con ganas de leer más sobre el tema.

Otras reseñas interesantes de leer son:

Donde termina el infinito

Luchando contra el duende de la perversidad

La biblioteca de Ilium

Reseña escrita por Víctor Guillamón.

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EL ARQUERO DE LAS NUEVE ESTRELLAS | CAPÍTULO 1

Capítulo 1 Victor Guillamón | EL ARQUERO DE LAS NUEVE ESTRELLAS

Capítulo 1 Victor Guillamón | EL ARQUERO DE LAS NUEVE ESTRELLASSolsticio de Invierno

Este es el primer capítulo de El Arquero de las Nueve Estrellas. Son cinco páginas rápidas y agradables de leer. Os dejo también una sinopsis para que entendáis de qué va la historia.

Sinopsis de El Arquero de las Nueve Estrellas

Suenan tambores de guerra. Los hijos de Valel, el dios del fuego, esperan la reapertura de la puerta del Equinoccio para arrasar el último mundo que escapa a sus ardientes garras.

Al otro lado, los elfos ancestrales guardan con celo la ubicación del portal y lo protegen para mantenerlo cerrado. Se preparan en cada solsticio y en cada equinoccio, al atardecer y al amanecer, para enfrentarse a la peor de sus pesadillas, la segunda llegada de los hijos del Fuego. El bosque Primigenio es el último bastión de su pueblo, destinado a desaparecer en el olvido por el auge de las ciudades humanas que lo devoran todo, esclavizadas por un tirano ambicioso y avaro, brillante y frío, el oro.

¿Serán capaces de entenderse y cooperar, el salvaje pero libre pueblo ancestral y el civilizado pero esclavista pueblo humano, antes de la llegada de los demonios?

Capítulo 1

En el suelo, las sombras de los árboles del bosque Frondoso se estiraban de forma siniestra, como tensadas por una fuerza invisible que afectara solo a las criaturas de la luz o la oscuridad. Se alargaban tanto, que pronto comenzarían a deshilacharse para continuar difuminándose y finalmente disiparse. En el cielo, un abanico cromático que abarcaba desde el violeta de las malvas hasta un afrutado naranja avanzaba hacia el oeste. Las estrellas iban estallando en puntos de luz cada vez más numerosos, la luna se había ausentado, seguramente temerosa de lo que podría ocurrir en el crepúsculo de la noche más larga del año.

Presta atención, Aenariel. Bajo el montículo que vamos a visitar está oculta la puerta del Equinoccio. ¡Ven! ¡Date prisa! —le indicaba agitadamente el maestro—. Está a punto de ponerse el sol y podrás sentirla abrirse. Desde aquí fluye toda la magia de Earquia, bombeada en cada solsticio y en cada equinoccio.

¿Cómo es la puerta que hay dentro del montículo?

Es simplemente un portal, un gran rectángulo de piedra. Al menos eso dicen los manuscritos del príncipe Kalgar. En realidad yo nunca la he visto. —Se hizo una breve pausa mientras maestro y discípula avanzaban entre los densos arbustos que crecían a ambos lados del sendero—. Hemos llegado —dijo, apartando la última rama por encima de su cabeza y dejando a la vista el majestuoso montículo redondeado y cubierto de hierba.

Aenariel se quedó boquiabierta, no era más que una minúscula montañita verde rodeada por cinco inmensos robles que representaban a los dioses. Pero a ella le pareció fascinante.

Es precioso —añadió, alzando la vista desde detrás de su maestro.

Los cinco gigantescos robles crecían alrededor de la puerta del Equinoccio, ocultando el emplazamiento secreto desde el aire y oscureciendo aún más el lugar. Sobre las gruesas ramas de los árboles, tiesos como estacas, había al menos una veintena de arqueros y arqueras vestidos más o menos de la misma manera, tanto ellos como ellas. Para confundirse con el follaje y la madera de los robles, llevaban anchas y largas blusas verdes o marrones que llegaban casi hasta las rodillas, formando un pico por delante y por detrás, ya que eran más cortas a los lados. La manga era ancha y caía solo hasta el codo. Debajo llevaban un ajustado traje de cuerpo entero gris o negro, muy cálido, que los cubría desde los pies hasta las muñecas y se abrochaba por delante con botones de madera. Algunos se abrigaban además con gruesas capas verde oscuro con capucha y broches hechos de conchas marinas o cortos palos atados a un lado del cuello de la capa y abrochados al otro. Recogían los largos cabellos en finas trenzas o atados por detrás de la cabeza en peinados bastante artísticos. Unos llevaban delgadas zapatillas de cuero flexible que les permitían agarrarse mejor a la corteza de las ramas de los robles, y otros, peludas botas de piel de oso que cubrían sus tobillos. Apretaban las blusas al cuerpo con cinturones de cuero marrón cuyo extremo colgaba de un lado, y, atados a estos, pendían largos cuchillos con toscas empuñaduras de madera que usaban como espadas cortas o como puñales, si eran de menor longitud. A la espalda llevaban el carcaj con las flechas, ya que en esa posición era más rápido sacarlas y dispararlas. No soltaban su arco ni hablaban entre ellos, y tampoco se movían de su posición, solo se mantenían erguidos sobre las ramas, con agilidad y excelente equilibrio. Aenariel y su maestro botánico vestían ropa de trabajo en el campo. Llevaban el típico traje de cuerpo entero de los elfos, desde los pies a las muñecas, que estaba hecho de algodón silvestre y lino, y sobre este una chaqueta y pantalones de cuero marrón para evitar enganchones con los arbustos con los que trabajaban. Calzaban botas altas, casi hasta la rodilla, de piel de cordero con el pelo recortado y hacia dentro para hacerlas más confortables y cálidas. Estaban atadas con largos cordones de cáñamo, y las suelas eran de caucho proveniente del bosque de Higueras, la zona sur del bosque Primigenio. Ella llevaba el cabello castaño y ondulado suelto pero sujeto con un cordón de cuero atado a la frente. El maestro tenía el pelo rizado y gris, atado en una espesa y esponjosa coleta.

Tu trabajo aquí consistirá en evitar que nada más grande que un helecho crezca sobre el montículo —explicó el maestro—. Las raíces de los árboles podrían, con el paso de los años, pulverizar las rocas, dejando el paso abierto. No podrás revelar la posición de la puerta a nadie, ni siquiera a otros hermanos elfos del pueblo ancestral, el pueblo sabio, el pueblo guerrero o cualquier otro. Solo los guardianes de la puerta podemos conocer su ubicación.

Comprendo.

¿Tienes alguna pregunta que hacer o pasamos al trabajo práctico?

Sí, tengo una pregunta. ¿Por qué se la llama la puerta del Equinoccio si también se abre durante los dos solsticios?

Porque el príncipe Kalgar la bautizó así. Durante los dos equinoccios la puerta se abría al mundo de las hadas, y era allí adonde él viajaba para visitar a su amante, el hada Airy. Durante el solsticio de invierno, la puerta se abre al mundo de los demonios, y, durante el de verano, al de los enanos; pero esos dos mundos no le interesaban tanto, al menos no al principio.

El sol comenzó a menguar recortado por la línea del horizonte, y el portal mágico, oculto bajo aquel montón de arena y rocas cubierto de hierba, se abrió y conectó ambos mundos. De no estar sellada físicamente, los demonios habrían podido entrar. La energía mágica se expandía con un zumbido y hacía vibrar el suelo. Todas las aves que allí se encontraban salieron huyendo. Aenariel se encogió y se llevó las manos a la cabeza. Su maestro ni se inmutó. Entonces se oyó el primer golpe, y el montículo tembló.

¡Bom!

¡Maldita sea! Ya están otra vez. No se dan por vencidos.

¿Qué está pasando? —preguntó Aenariel, ocultando la cabeza entre los hombros.

¡Bom!

Los demonios. Intentan entrar —dijo el maestro con una calma que la desconcertaba—. Algunos años ocurre, pero no debes preocuparte.

¡Bom!

El príncipe Kalgar selló bien la puerta, y de eso hace ya cinco mil trescientos años —continuó—. Hay dos planchas de roca, una a cada lado, aseguradas…

¡Bom!

Aseguradas con montones de bloques irregulares. Todo está cubierto con arena y se ha dejado al bosque hacer su trabajo para ocultar la puerta y compactar el montículo.

¡Bom!

No lo conseguirán —concluyó.

¿Y qué hacen entonces esos arqueros y arqueras apostados sobre los árboles? ¿Por qué tensan sus arcos?

¡Bom!

Nunca se puede estar seguro. Si los demonios consiguieran pasar habría que abatirlos.

¿Qué están haciendo? —quiso saber Aenariel, con una mezcla de miedo y curiosidad.

¡Bom!

Golpean la roca desde el otro mundo con un ariete. Creen que podrán tirar abajo la plancha que bloquea la puerta. No conocen la cantidad de bloques que hay tras ella.

¡Bom!

En el montículo se abrió una brecha entre la hierba, y un haz de rayos de luz amarillenta brotó de la grieta formando un plano luminoso que fue a parar a la cara de Aenariel, cruzándola de arriba abajo y de izquierda a derecha. Al instante, la elfa cayó fulminada. El maestro se sobresaltó. Aquello no había pasado nunca y no sabía cómo reaccionar. Rápidamente tiró de ella, arrastrándola por el suelo para apartarla de allí. Los arqueros y arqueras se miraron unos a otros con nerviosismo, pero sin dejar de tensar sus arcos, apuntando hacia abajo. Enseguida se concentraron de nuevo sobre la puerta; era su deber, hoy más que nunca. Los demonios habían abierto una brecha y quizá consiguieran entrar.

¡Bom!

La brecha se agrandó, y más haces de luz amarillenta escaparon de ella. Incluso se dejó ver un brazo serpenteante de energía mágica que crecía por el aire, como la raíz de un árbol crece y se extiende por el suelo. El brazo luminoso se detuvo sobre uno de los troncos de los robles y se movió lentamente de arriba abajo y de abajo arriba, como explorando su corteza.

¡Bom!

De uno de los lados del montículo se desprendió arena cubierta de hierba, como una minúscula avalancha verde, dejando al descubierto una de las rocas que aseguraban la plancha que bloqueaba la puerta del Equinoccio.

¡Bom!

Una flecha disparada con nerviosismo cortó el aire y se clavó en el montículo. Le siguieron montones de flechas arrojadas por los demás arqueros y arqueras, que creyeron que la primera estaba motivada por la salida de algún demonio. No era así, pero el miedo se había contagiado y ahora casi todos los arcos estaban descargados.

¡Bom!

¡Que nadie dispare hasta que vea algo! —gritó el oficial, que era el único que conservaba una flecha en su arco y que seguía tensándolo con fuerza.

Todos volvieron a cargar rápidamente, algunos temblando de miedo.

Entonces el sol dejó atrás la línea del horizonte, y la puerta se cerró. El zumbido cesó y la luz amarillenta que había surgido del montículo se extinguió como absorbida por la garganta de la propia tierra. Los demonios no lo habían conseguido, pero habían movido la plancha de roca y habría que recolocarla de alguna manera.

¡Todo el mundo a trabajar! —comenzó a gritar la ingeniera, que salió de entre los arbustos. Tenía el pelo castaño y rizado en graciosos tirabuzones y estaba muy acostumbrada a organizar grupos de trabajo para llevar a cabo todas las pequeñas obras de ingeniería que realizaban los elfos ancestrales—. Tenemos dieciséis horas, hasta que amanezca y la puerta vuelva a abrirse. Para entonces, la grieta debe estar de nuevo sellada. —Los demás la obedecían no por obligación, sino porque confiaban en su criterio, porque se sentían seguros entendiendo que ella sabía siempre lo que había que hacer en situaciones de estrés y peligro—. ¡Llevaos a los botánicos de aquí! —añadió, señalando con la mano abierta a Aenariel y a su maestro.

Enseguida comenzó el ajetreo. Los arqueros descendían saltando de rama en rama, y cuando estaban lo suficientemente cerca del suelo, se dejaban caer sin miedo. Los que primero habían llegado abajo ya cargaban largos troncos para apuntalar las rocas del montículo. Tres arqueros cogieron a Aenariel y la llevaron sobre un lecho de hojas de roble para que recuperara la consciencia sin estorbar en los trabajos de restauración.

Pasados un par de minutos, recuperó el sentido.

¿Te encuentras bien Aenariel? —se interesó el maestro.

He visto mi muerte —dijo entre suspiros, aún con los ojos cerrados—. Moriré de forma violenta. —Y de pronto abrió los ojos sin mirar a ninguna parte—. Asesinada. —Se detuvo a respirar y después continuó—: No quiero morir así.

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